domingo, 10 de junio de 2012

Doce ratas, doce apóstoles comandante, Andrés Saenz Vergara (Chile), Vol. 11 Colección Escritores en su tinta



Doce ratas
Doce apóstoles comandantes
Andrés Saenz Vergara
Vol.11  Escritores en su tinta
Cascada de Palabras, cartonera
México 2012

PRESENTACIÓN

Cascada de palabras, cartonera da la bienvenida a la poesía chilena en la pluma del filósofo poeta Andrés Saenz Vergara, ex líder estudiantil hoy académico y promotor de la educación intercultural en su patria, nación de poetas, nación de canto, nación de resistencia.

La Colección Escritores en su tinta, abre sus páginas a la pluma de un editor independiente, director de Ajiaco Ediciones y promotor de portas en la tierra de dictaduras que masacran y aplastan, que cortan las manos-voces de sus autores y que cercenan el futuro de sus generaciones transformando su deber hacia la educación de su pueblo en un objeto de consumo para la élite, en desdén absoluto al desarrollo cultural, tecnológico y científico de Chile, en inútil intento por acallar la poesía.

Ratas son ratas, ratas soldados, ratas comandantes, ratas apóstoles: las ratas son convertidas en ejércitos, en obreros, en desagüe putrefacto, la ratas son dientes aserrados  que procrean miseria para regar la tierra y extinguir el nacimiento de cualquier forma de amor a la vida: lengua-cultura, pensamiento-acción, esperanza.

A caso, sea la poesía la única forma para contrarrestar la extinción de cualquier intento por liberar la ansiedad que la libertad –sueño no utopía- genera en las mentes de los insurrectos.

A caso, sea la poesía, el arma de este poeta que busca la reacción y el pensamiento como filosofía para despertar el amor en las mentes autómatas del imperio del consumo, del imperio del silencio, del imperio absurdo del silencio y la resignación.

Mónica Gameros,
editora



PROLOGO

Doce ratas doce apóstoles comandantes,  es la especie de un escáner donde redunda la furia legítima hacia la historia del atropello chileno de la segunda mitad del siglo XX. Con las herramientas lúdicas de la poesía libre, Andrés Saenz, no sólo reivindica la memoria sobre un pretérito ominoso que más vale no olvidar pese a la apabullante carga de inevitable dolor.

Acusa el conjunto de símbolos que completan el cuadro persistente de la desgracia: Las prisiones, los prisioneros, los predicadores, los evangelizados, los represores, los reprimidos, los púlpitos, las plazas, los crímenes, los ausentes, las milicias, los militantes… la irracionalidad… la esperanza. Y lo evoca con palabras y metáforas apropiadas para no abrir más las heridas, sino para sanarlas con dosis calculadas de ácido en la excoriación: “Extinguir el miedo adornaba las dificultades de convivir/ con los desechos disparados/ venenosos en su viaje hacia la tumba marina.”

No sin cierta tensión asistimos a una relectura sui generis del infierno instaurado por la dictadura pinochetista, desde la óptica abrasiva del reclamo poético como campo minado de versos en explosión continua. Cada poema representa una aflicción necesaria preñada en la denuncia implacable de la barbarie, donde, valga repetirlo, “La noche es eterna en la galería cobarde”. Hay cólera frente al recuerdo e inevitablemente permanece cierto desconsuelo por las esperanzas mutiladas de tajo por órdenes de “las doce ratas”.

                En tanto se reivindiquen los sueños (las aspiraciones civilizatorias surgidas del amor), jamás será demasiado recordar la ignominia, como apuesta persistente por cancelar cualquier nuevo intento de avasallamiento. Y si la osadía y la insolencia, licencias que se permite la expresión poética, reinventan nuevas miradas para la evocación, entonces estamos en los puntos suspensivos de la indignación, pero también el silencio de la catarsis que puede resultar a fin de cuentas placentero.

                Este nuevo viaje no se agota en las formulaciones que sugiere, las atmósferas sórdidas que emanan de cada poema imprimen sensaciones de martirio que semejan distorsiones inconclusas compuestas con alaridos.               

                Esta es la experiencia de Doce ratas doce apóstoles. ¿Y a qué temerle cuando la poesía prevalece también en la condición de desafío permanente a las formalidades acartonadas de los productos de las academias? La atrevida mirada de Andrés Saenz sobre este relato inagotable, es el drama sobre una tragedia que respiran los corazones amputados que continúan vivos, cargando la pesada losa de esta historia inolvidable.


Carlos M. Gordiano
Ciudad de México, junio 2012



Incubación intestina en la ciudad del desecho

Años como ratas, miles de miles,
donde el orden se impone por la fuerza de unos sobre otros,
por la sumisión, por la violación,
por el destierro mecánico,
margen quebrado del cimiento que sustenta la ciudad,
se encarna entre huesos rotos de albañiles y constructores
herejes que beben el desprecio con que recompensan el ultraje de sus manos.

Durante generaciones han sido excluidos,
atormentados en el territorio de la expatriación subsolé.

De uno en uno,
los sacerdotes han impuesto la voluntad de un dios
que no conoce derrotas, obliga a la muerte
y a la rectitud de una verdad
fabricada con cuerpos de niños aplastados
bajo el tentáculo de la escritura revelada.

Cientos de cientos
juzgan como moneda de cambio y prueba de virtud,
arrojan  en la madriguera bajo el concreto de las ciudades a los impuros
para que desafíen el veredicto divino
encarnado en revelación diaria…  

Un sistema perfecto nacido de las vísceras de los traidores.

No-vida intra-muros

Agolpados como espadas, como bayonetas
atraviesan las tripas de los prisioneros.

Los cuerpos se habituaron al destierro,
miles de miles expatriados,
arrojados a las mazmorras del desagüe,
en castigo a la herejía de la altivez, ahora,
buscan a ciegas como enfermos terminales,
un espacio en medio del barro podrido
que han heredado por morada,
como lamento, como letanía.

La noche nunca termina
y el correr del aborto de superficie inunda la culpa,
incuba el tumor del paria,
baña los cuerpos pintados de mierda.

En improvisadas madrigueras que ven nacer nuevos herejes,
se alimentan de la estercolera que mana sobre las mentes del prisionero.

La prisión del expatriado
se imprime como metal ardiente en los tentáculos del orgullo.

No habrá perdón sobre el arrebato del necio
que ofenda los designios del templo-gobierno.


Autoría de la llamada pública
a los que no se les permitía conocer el suelo

Fueron como doce ratas.

Primero se sublevaron contra los vigilantes,
arponearon sus colas en las mentes cosmopolitas de los exploradores.

Sus dientes amarillentos
no se detuvieron ni con los huesos de la frente,
durante la temporada de cacería en el territorio pestilente
que habían arrancado a la ciudad,
barrios desmembrados con tonos de fiesta amarga
y ruidos de motores desajustados.

Ratas que nacieron de las alcantarillas de ésta, la otra
o todas las ciudades.

Náufragos en los caminos de servicio
arrastran los recuerdos de lo que pudo haber sido,
letanías pestilentes en viaje,
manicomio marino,
incubadoras de criaturas desalojadas por la policía
de superficie que sin resentimientos ni culpas
ocupan rapaces el suelo,
salándolo como en Cartago,
para exiliar a cualquiera que amenace el dominio de los motores
de combustión, el hormigón armado
o la televisión nocturna.

Las ratas no tenían miedo de ser descubiertas,
habían perdido el pudor en las aglomeraciones de los desagües,
en  el fuego de las incursiones de los agentes sobre superficie
contra los desterrados en el subsuelo.

Extinguir el miedo adornaba las dificultades de convivir
con los desechos disparado,
venenosos en su viaje hacia la tumba marina.

Muchas cosas experimentaban los cuerpos
salpicados de impotencia en las cloacas de la ciudad.

Ser rata exigía demasiada valentía,
a pesar de que los oficiales del orden en superficie
habían echado a correr el rumor
de que eran animales temerosos de todo,
y ocupaban sus nombres como sinónimos de cobardía
en las asonadas mismas  que -de tanto en tanto-
festinaban cual afición deportiva,
el control poblacional de la colonia de expatriados.

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